Tengo una teoría. Para las controladoras de la organización.
Nunca va a estar todo en orden.
Siempre habrá un cojín mal colocado.
Un email sin responder.
Una lista que crece más rápido de lo que se tacha.
Y aun así, seguimos pensando: cuando todo esté bajo control, entonces.
Entonces me compraré algo bonito.
Entonces me arreglaré más.
Entonces empezaré.
Marzo tiene ese efecto curioso. Ya no es enero disciplinado ni febrero contemplativo. Marzo va rápido. Y tú detrás.
Esa mañana revisé el bolso tres veces.
Comprobé si llevaba las llaves.
Volví a mirar la puerta aunque sabía que estaba cerrada.
Normal.
Antes de salir me miré al espejo. No buscaba drama. Solo presencia.
Y me puse la pulsera Met.
Plata de primera ley 925 milésimas. Limpia. Estructurada. De esas piezas que no necesitan explicación.
No es romántica.
No es excesiva.
Es clara.
Como cuando decides que hoy no vas a esperar a sentirte “lista”.
La llevé todo el día.
En la reunión donde casi cedo.
En el momento en que dije lo que pensaba.
Y entendí algo: el orden no es que todo esté perfecto.
Es que tú estés firme aunque no lo esté.
Seguramente mañana volveré a comprobar las llaves.
Y volveré a colocar el cojín.
Pero ya no estoy esperando a que todo encaje para empezar a brillar un poco.
Marzo no espera.
Y, sinceramente, yo tampoco.
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