A los 3… y seguir brillando
Hay una edad —o mejor dicho, una década— en la que dejamos de contar los años exactos.
Decimos “a los treinta y algo”, “a los 3…” como si el número concreto ya no importara tanto como todo lo que estamos sosteniendo.
Porque a los 3… ya no se trata solo de cumplir años.
Se trata de hacer balance, aunque no quieras.
De mirar tu vida y pensar: esto es lo que hay… y también todo lo que he construido.
A los 3… nadie vive igual, pero casi todas sentimos lo mismo.
Hay mujeres que a los 3… son madres.
Que han cambiado noches largas por madrugadas eternas.
Que llevan joyas pequeñas, cómodas, pero cargadas de significado.
Porque su brillo ahora también ilumina a otros.
Hay mujeres que a los 3… están solteras.
No perdidas, no incompletas.
Solteras porque saben lo que no quieren, y están aprendiendo a elegir(se) mejor.
Que se regalan joyas como quien se promete algo a sí misma.
Hay mujeres que a los 3… tienen perro.
Que han aprendido que la compañía no siempre llega como la imaginabas,
pero a veces llega justo como la necesitas.
Hay mujeres que a los 3… viven lejos.
De su ciudad, de su familia, de la versión de sí mismas que fueron.
Y que convierten sus pendientes favoritos en amuletos,
porque hay días en los que un pequeño brillo es lo único que te conecta con casa.
Hay mujeres que a los 3… viven con sus padres.
Que sienten que van tarde, aunque estén resistiendo, ahorrando, recomponiéndose.
Y no, no van tarde.
Van siendo valientes a su manera.
Hay mujeres que a los 3… estudian y trabajan.
Que llegan cansadas, pero llegan.
Que no siempre tienen energía, pero sí determinación.
Y hay mujeres que a los 3… trabajan.
Mucho.
Que sostienen proyectos, equipos, decisiones.
Y que a veces se olvidan de mirarse… hasta que una joya les recuerda quiénes son.
Mientras pensaba en todo esto, entendí algo muy Sibela:
las joyas no marcan etapas cerradas.
Acompañan momentos.
Por eso en Sibela Studio no hablamos de una mujer concreta,
sino de todas las versiones posibles.
La que empieza.
La que continúa.
La que se cae y la que vuelve a levantarse con más calma que prisa.
Yo, por ejemplo, a los 3… me acabo de casar.
El 6 de diciembre.
Con el chico que conocí a los 14.
Y no lo cuento como un final perfecto, sino como un recordatorio:
la vida no sigue un orden lógico.
No hay un camino correcto.
Hay historias que llegan pronto, otras tarde, y otras que se reinventan mil veces.
A los 3… no se trata de tenerlo todo claro.
Se trata de seguir brillando, incluso cuando la luz es más suave.
Y quizás crecer sea justo eso:
aceptar la etapa en la que estás,
llevarla con orgullo,
y elegir —cada día— algo que te recuerde quién eres.
Aunque solo sea un anillo.
Aunque solo sea un pequeño destello de plata.
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