No tenía plan.
No había comida especial.
No había nadie esperando.
Y aun así, me arreglé.
Hay días en los que vestirse es automático.
Lo primero que encuentro.
El pelo recogido sin pensarlo, clean look de confianza.
Salir rápido y ya.
Y luego están estos.
Los días en los que, sin saber muy bien por qué, decido pararme un segundo más.
Ese día me acordé de algo.
De las mujeres de antes.
De esas abuelitas de mi barrio que iban siempre perfectas a comprar el pan.
Con el pelo hecho.
El abrigo bien puesto.
Y sus joyas.
Siempre sus joyas.
No era para nadie.
No iban a ningún evento.
No estaban esperando que alguien las mirara.
Simplemente… se arreglaban.
Y entonces lo entendí.
No era cuestión de edad.
Ni de tiempo.
Ni de tener algo importante.
Era una forma de estar en el mundo.
Abrí el joyero.
Y elegí algo distinto.
Los pendientes Dracenas.
De colores. Vistosos. Con personalidad.
De esos que, sobre el papel, no tienen nada que ver con un chándal.
Y aun así… me los puse.
Bajé a por una pizza.
Chándal. Pelo recogido. Paso rápido.
Y de repente, al verme en un reflejo, pensé algo que no esperaba:
parecía una de esas modelos que lo mezclan todo sin esfuerzo.
Ahí está la clave.
No en el look perfecto.
No en seguir una norma.
Sino en esa mezcla rara que, cuando funciona, es completamente tuya.
Hay joyas que se guardan.
Y hay joyas que se viven.
Las que te acompañan a una mañana cualquiera.
A un plan improvisado.
A un día en el que no pasa nada… pero tú sí estás.
Ese día no pasó nada extraordinario.
Pero lo noté.
En cómo me movía.
En cómo me sentía.
En esa seguridad tranquila que no necesita explicación.
Quizá arreglarse no es cuestión de ocasión.
Es cuestión de decisión.
De elegirme incluso cuando no hay motivo.
Como ellas.
Como las que no esperan.
Porque hay días que no son especiales.
Pero puedo hacerlos míos.
Aunque sea bajando a por una pizza…
con unos pendientes que lo cambian todo.
0 comentarios