Hay cosas que no esperas en una boda.
Que te emocionas, sí.
Que lloras un poco, también.
Pero hay detalles pequeños que no están en el guion.
Ese día me vestí sin complicarme.
Vestido sencillo.
Pelo recogido.
Y mis pendientes favoritos.
Los Albo.
Son de esos que siempre funcionan.
Fáciles de combinar.
Sencillos.
Con mucha luz.
De esos que sabes que no fallan.
Salí tranquila.
Segura de que había elegido bien.
Hasta que empezó la ceremonia.
La música.
El silencio.
La puerta abriéndose.
Y ella.
La novia entró despacio.
Todo el mundo mirándola.
Todo en su sitio.
No fue inmediato.
Fue ese segundo en el que miras otra vez.
En el que dudas.
En el que confirmas.
Eran los mismos pendientes.
Los Albo.
Y durante un momento pensé en todo.
En si alguien se daría cuenta.
En si era inapropiado.
En si debería haber elegido otra cosa.
Pero luego pensé algo distinto.
No era un error.
Era una elección bonita.
Porque si la novia los había elegido, era por lo mismo que yo.
Porque funcionan.
Porque iluminan.
Porque no necesitan más.
Y aun así…
eran suyos.
Así que, sin hacer ruido, tomé una decisión.
Me los quité.
No por inseguridad.
No por incomodidad.
Por respeto.
Porque hay días en los que el protagonismo no se comparte.
Y ese era uno de ellos.
Los guardé en el bolso.
Y seguí.
Y curiosamente, no sentí que me faltara algo.
Al revés.
Sentí que había entendido algo importante.
Que las joyas no son solo lo que llevas.
Son también cómo decides llevarlas.
Y cuándo dejarlas.
Al final, no se trata de coincidir o no.
Se trata de saber leer el momento.
Y ese día, el momento era suyo.
Los pendientes volverían conmigo a casa.
A otros días.
A otros looks.
A otras versiones de mí.
Pero ese día…
brillaban mejor en ella.
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