No sé en qué momento ocurre.
Pero hay un día, siempre a principios de junio, en el que todo cambia.
No es el calendario.
No es el calor.
Ni siquiera las vacaciones.
Es otra cosa.
Las ventanas permanecen abiertas.
Los planes aparecen sin organizarlos demasiado.
Y empiezas a sentir que el verano está más cerca de lo que parece.
💙 Azul.
💚 Verde.
Podíamos haber elegido cualquier piedra.
Cualquier combinación.
Cualquier tendencia.
Pero había algo en estos colores que seguía apareciendo una y otra vez sobre nuestra mesa de diseño.
Los pendientes Gi, que cada verano vuelven a convertirse en uno de esos imprescindibles que siempre encuentras en la maleta.
O los pendientes Indian, donde el azul y el verde conviven de una forma casi mágica, como si el mar y la naturaleza hubieran decidido encontrarse en una misma joya.
Era una sensación.
Al cielo despejado.
A esa sensación de calma que aparece cuando dejas de intentar controlarlo todo.
Porque no todos los cambios llegan haciendo ruido.
Algunos llegan así.
Despacio.
Como una tarde de verano que se alarga más de la cuenta.
El color de lo que crece.
De lo que permanece.
De lo que sigue ahí cuando todo lo demás cambia.
Quizá por eso las esmeraldas llevan siglos fascinando a reinas, coleccionistas y amantes de la joyería.
Porque representan algo que todas buscamos.
Estabilidad.
De acabados.
De proporciones.
De piedras.
Pero cuando elegimos una joya, nunca pensamos solo en cómo se ve.
Pensamos en cómo queremos que te sientas cuando la llevas.
Las esmeraldas fueron las piedras favoritas de Cleopatra.
Los zafiros han acompañado a algunas de las mujeres más admiradas de la historia.
Y los topacios llevan siglos asociados a la serenidad y la protección.
Las modas pasan.
Pero hay colores que vuelven cada verano.
Porque nos hacen sentir algo.
Más luz.
Más color.
Más vida.
No porque estén de moda.
Sino porque nos recuerdan exactamente cómo queremos sentirnos.
Y, sinceramente, no se nos ocurre una mejor manera de empezar el verano.
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